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Sanar lo propio

Por Eva Martínez

En una ocasión trabajé en un asesoramiento en una escuela, donde acompañé a una maestra con su grupo durante varias sesiones. La escuela nos había contactado ya que en este grupo se daban frecuentes problemas de disciplina, que iban aumentando y empeorando el clima de aula y las relaciones a distintos niveles: entre el grupo se daban casos de agresiones, unas explícitas y otras encubiertas, y algunos niños tenían miedo de reaccionar; la relación de la maestra con el grupo estaba teñida de frustración, impotencia y cansancio, ya que después de varios intentos, charlas, asambleas y castigos, la conflictividad seguía latente; la relación con las familias, dados los continuos conflictos en el aula, también sufría de tensión, desconfianza y exigencia. Resulta fácil imaginar en qué estado emocional y de agotamiento se encontraría cualquiera que tuviese que gestionar una situación así.

En varias entrevistas con esta tutora, le pregunto por el grupo. Me cuenta sobre los niños, las dinámicas que se dan, y en todas y cada una de nuestras charlas me habla sobre un niño con un protagonismo central en las escenas disruptivas, en provocar el malestar en el aula entre el resto de compañeros. Cuando me habla de este niño se emociona, puedo sentir su frustración, su rabia, su impotencia… Le pregunto por la historia familiar de este niño: ha sufrido maltrato por parte de su madre, una mujer que viene a su vez de una historia durísima. El niño ha sufrido un abandono continuo desde hace años. Su padre se marchó cuando era un  bebé y no mantiene ningún contacto con él ni con la madre. Él ha pasado muchísimas horas solo encerrado en su cuarto, ni siquiera podía salir para ir al baño o beber agua. En alguna ocasión la madre se había enojado y le había golpeado por hacerse sus necesidades encima.

La maestra se rompe cuando cuenta algunas de las escenas de vida de este niño. Ciertamente, nadie quedaría indiferente al escucharlas, sin embargo, tengo la sensación de que en el caso de esta maestra hay algo importante que la vincula con la historia de este niño, dada su gran implicación emocional que va más allá de unas dificultades de gestión de conflictos en el aula, o de una preocupación lógica por un niño que sufre. Después de unas cuantas sesiones, y de tener cierto vínculo con ella, le propongo hacer un trabajo personal sobre su propia familia. Se encuentra en una situación muy apurada, con mucho malestar, y accede a abrirse a esta exploración con cierta confianza.

Cuenta que siempre fue una niña obediente y autónoma y fue muy elogiada por ello. De pequeña sufrió una enfermedad respiratoria, y sus padres decidieron llevarla a casa de unos tíos que vivían en el campo, y visitarla los fines de semana y periodos vacacionales. Los tíos no tenían hijos, y la acogieron generosamente con ellos. Trabajaban todo el día, y ella pasaba horas sola sin acabar de entender por qué estaba en aquella casa lejos de sus padres. Sus tíos la abastecieron de comida, de ropa, de escuela… pero nunca tuvieron un gesto cariñoso con ella más que decirle una y otra vez que valoraban enormemente que fuese una niña tan autónoma y espabilada. Una vez, durante una tormenta, estaba sola en su habitación y al escuchar un trueno tuvo tanto miedo que se hizo pis encima. Cuando su tía vio lo que había ocurrido no dijo ni una sola palabra, pero su mirada se clavó en ella como cuchillos, y sintió la vergüenza y la culpa por todo su cuerpo, por haberla defraudado enormemente. Todavía ahora, en la edad adulta, se sonrojaba al recordar este episodio.

Después de trabajar con la maestra, se hizo evidente una historia de vida que ella vivía como un abandono, aunque no fuese tan manifiesta. Fue un abandono justificado por causas médicas, y con la mejor de las intenciones, pero un abandono, al fin y al cabo. Aunque tenía su propia historia muy bien amueblada y colocada en su cabeza, desde un relato de comprensión y aceptación, tenía una huella emocional que perduraba en su memoria. Fue una niña obligada a dejar su hogar y sus padres, cuando no tenía la madurez ni los recursos suficientes para poderlo comprender e integrar. Admitió, por primera vez en su vida, que se había sentido abandonada aunque no se había sentido con derecho a expresarlo, ya que todo la familia estaba muy agradecida por lo que habían hecho sus tíos por ella.

Esa experiencia dejó una profunda huella en muchos aspectos de su vida. Siempre tuvo dificultad en conectar con sus deseos, en expresar lo que sentía, en sentirse con derecho a equivocarse o a darse un espacio de dignidad y fuerza. Aprendió bien a no quejarse, a esconder lo que sentía y a complacer a los demás. Inevitablemente, eso tiene que ver con la manera en que gestionaba los límites en el aula (y en la vida). Cuando uno crece sin derecho a quejarse o a decidir lo que quiere, no puede ocupar un espacio central en su propia vida, y va a tener muchas dificultades en los conflictos, ya que no va a sentirse capaz de darse un lugar de fuerza necesario para marcar un límite claro. Y a su vez, va a protegerse de su propio dolor acomodándose a lo que decidan los demás, que es mucho menos conflictivo.

Por otro lado, la historia de dolor de ese niño que para ella era tan difícil de acompañar, resonaba enormemente con su propia historia de dolor y abandono. Ella había ido creciendo y cumpliendo años, pero su dolor no, y permanecía infantil pendiente de drenar y de elaborar. La manera de actuar como maestra era la manera de una niña herida de abandono: indefensa, no mostrándose, no ocupando un lugar central y por lo tanto, no ocupándose de lo que ocurre en el aula.  A ciertos niveles, ella seguía teniendo 7 años y doliéndose de su herida a través de la herida de su alumno. Se hacía evidente así su implicación emocional con la historia de este niño.

Pasó un tiempo hasta que ella pudo elaborar y sanar su propia historia. Tuvo que aprender a reconocer y expresar la rabia contra sus padres, su tristeza, y también el gran amor que sentía por ellos, que se había visto interrumpido por las circunstancias de la enfermedad. A medida que avanzaba en su proceso personal, crecía su madurez en acompañar a sus alumnos, y especialmente al niño que la había mantenido ocupada durante tanto tiempo. Sanar su dolor ayudó a sanar el dolor de su alumno, porque la fue colocando progresivamente en un lugar de mujer adulta y amorosa, que es justo lo que un niño herido necesita para orientarse a la sanación.

Este es solo un ejemplo entre miles de cómo los educadores debemos ocuparnos de mirar los asuntos que los niños nos despiertan. Si algo nos toca, nos resuena, nos implica emocionalmente, vale la pena preguntarse qué es lo que nos mueve a nivel personal de esa situación, qué tiene que ver lo que ocurre delante nuestro con nuestra propia historia, de qué nos habla esa escena, a dónde nos lleva, qué nos evoca, qué creencias sacude… Y solo después de hacernos cargo y de sanar lo propio (o al menos, sabernos en el intento), podremos incorporar estrategias, recursos y técnicas para acompañar a los niños en su dolor y en sus dificultades desde un lugar de autoridad moral y de confianza. Podremos intervenir así desde un rol adulto que ha sabido hacer algo nutritivo con sus propias heridas. Si no, corremos el riesgo de acompañar a nuestros niños desde un rol infantil, que nos protege de las dificultades y del dolor, pero que abandona a los niños que nos necesitan, porque aunque nos preocupan y nos ocupan, no estamos en condiciones de cuidar de ellos. Lo mejor que podemos hacer para acompañar a los niños heridos, y brindarles así un puente seguro hacia la escuela y el aprendizaje, es sanarnos tanto como nos sea posible.

 

Desde Arae os ofrecemos la formación Pedagogía del acompañamiento que os permitirá realizar un recorrido profundo y transformador a nivel personal y profesional, y revisar de manera honesta aquellos aspectos de vosotros/as mismos/as que son puestos en juego en vuestro trabajo diario con la infancia y la adolescencia.

 

 

*En este artículo se ha preservado la identidad de maestra y las demás personas implicadas, aunque ella nos dio el permiso para incluir su información en este artículo y publicarlo de esta manera.

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